¡Te lo dije! era como yo decía…
Por Tomás Hilario Urpianello Uncal
Pocas cosas, en lo cotidiano, tan satisfactorias como tener razón; ya sea que lo arrojes a la cara con ansias de revancha o lo guardes para ti sin ánimo de marcar distancias, estar en lo correcto, aunque sea en apariencia, es para el cerebro muestra de su valor y vigencia.
Parece razonable cuando la tarea del cerebro consiste justamente en predecir, en transportarnos sanos y, a poder ser, en ventaja, al futuro que nos aguarda.
Cualquier acción o emprendimiento, ya sea éste grande o pequeño, tiene sus costos, que podrán ser físicos, económicos, o sociales, frente a los cuales, nuestro cerebro evalúa la viabilidad del accionar; economía, resultados y eficiencia marcan nuestro desempeño en la vida.
Es lógico pensar que frente al acierto, frente al trabajo bien hecho, el cerebro reciba algún tipo de compensación, la satisfacción de la que hablábamos y que todos conocemos.
Pero la realidad es compleja y compleja es la tarea de pensar, y si bien es amplio el escenario de oportunidades donde elaborar buenas ideas y soluciones geniales, quizá más amplio es el escenario de los fracasos, de las desilusiones y sus condebidas frustraciones.
El cerebro predice, apuesta y se juega, ya sea por una buena oportunidad de mejora o para evitar ciertos problemas, no importa si predice lo bueno o lo malo, lo importante es acertar.
Si bien el objetivo del cerebro consiste en surcar el espacio-tiempo, no es difícil perder de vista el potencial de nuestra herramienta si se vuelve uno adicto a la recompensa; al fin y al cabo la realidad es difícil y más fácil que entenderla es señalar el error de cuantos nos rodean. ¡Te lo dije! así no era…
Cuando esto ocurre, predecir se vuelve una tarea bastante sencilla, incluso es fácil reclamar la recompensa de un supuesto acierto cuando ni siquiera se estuviera en un principio para formular una postura al respecto, llegando tras del fracaso de otro para decir: ¨¿que esperabas?¨, ¨ya sabía yo que esto no iba a salir bien¨
La cantidad de oportunidades donde puede uno equivocarse es enorme, por banal que sea la temática, se estarán poniendo a prueba nuestras capacidades intelectuales siempre que otro así lo requiera. Señalar el error del otro, su torpeza o su incapacidad implica posicionarse en un lugar de dominio, su predicción hubiera sido la correcta.
Sea cual sea el motivo que haya llevado a un cerebro a caer en este desvirtuado círculo de señalamientos y ataques a la confianza del otro, una vez que se está adentro es difícil salir, pero no imposible, y quizá para ello ayude a entender la mecánica de esta acción y de su consecuente recompensa.
Es fértil a la hora de predar esta recompensa el terreno del hogar, pero también el del trabajo, o el de los círculos de amistad, en definitiva, de todos aquellos espacios donde las relaciones están, de alguna forma, obligadas a darse en una convivencia que es condicionada por fuerza de necesidades más complejas, ya sean económicas, sociales, emocionales, o un compendio de varias causas en simultáneo.
Claro que cualquier persona que se preocupa por ti, puede señalar algún error con buena intención, pero cuando se trata de acertar por el solo hecho de recibir una dosis más de satisfacción, puede percibirse el regocijo y la intensidad por algo que pueda ser absolutamente trivial.
Por otro lado, uno puede convertirse en campo fértil de donde extraer la dosis necesaria para sí mismo, cual caníbal que se tilda a sí mismo de de iluso o estúpido, señalando el fracaso que, a posteriori, pareciera a todas luces evidente.
Las causas posibles por las que un cerebro ha entrado en esta configuración serán múltiples y tal vez no sea importante encontrar o juzgar el origen, sino encontrar la manera de reconfigurarse.
Quiero creer que cuando la apuesta es correcta podemos transportarnos a un futuro mejor, espero tener la razón.
















